El no nacido

Siguiendo con las probaditas de la historia EL NO NACIDO de David Shobin aquí te dejo el segundo capítulo del libro que está agotado. Puedes leer el primer capítulo aquí.

   Tenues rayos de sol matutino se filtraban suavemente entre las persianas de la recámara y entibiaban el terciopelo de la colcha. Motas de polvo que flotaban con pereza en el aire, de repente se elevaron con fuerza al agitarse las sábanas. Ella salió de la cama y empezó a vestirse.


-¿A dónde vas?
-Afuera.
-Pero, ¿afuera, dónde?
-Simplemente afuera. 
Él se sentó sobre el borde de la cama. Sus pantorrillas desnudas sintieron los primeros efectos de la baja temperatura.
-Hace frío aquí.
No hubo respuesta.
-Vuelve a acostarte. Quiero hablar contigo.
Silencio absoluto. Ella se puso el sostén al revés, para poder abrocharlo por el frente. Con un hábil movimiento le dio la vuelta, introduciendo los brazos por entre las cintas. Su pantalón de lino colgaba del respaldo de una silla. Cuando estiró la mano para tomarlo, él salió de la cama y se le acercó. 
-¿Me permites ponerme los pantalones?
-Adelante. No estoy tratando de impedírtelo.
-Muy bien.
Ella volvió a estirar la mano para coger la prenda, pero esta vez él le aferró la muñeca. 
-Samantha.
-Un millón de veces te he pedido que no me llames así.
-De acuerdo. Como tú quieras. Sam, ¿con qué objeto vas a salir a caminar?
-¿Por qué no? Creí que habíamos convenido en eso.
-Así fue, pero todavía tenemos mucho de qué hablar.
-Suéltame el brazo.
El la dejó libre. Una brisa tibia recorrió el cuarto, agitando levemente la cabellera castaña de ella. En un gesto involuntario se quedó viendo el cuerpo desnudo del compañero.
-Voy a traerte tus pantalones.
-¿Qué sucede? ¿Te molesta mi desnudez?
No, pensó ella. De hecho no la molestaba en absoluto. Siempre le había parecido que su esbelto cuerpo y su buena apariencia le resultaban atractivos. El único problema era que él también lo sabía, y la postura egoísta que esa seguridad le provocaba le daba un aire de frialdad y tedioso alejamiento que a ella le disgustaba. No había ya nada más que discutir. Ella quería irse. 
-¿Te molestaría que e marchara sin volver a discutir este asunto una y otra vez?
-No me molesta en lo más mínimo.
-Bueno. Porque no me siento nada bien.
-¡Déjate de pamplinas! No todas las mujeres sufren mareos por la mañana. ¡Por Dios! no tienes que volverte tan seria. No va con tu personalidad.
Ella frunció el ceño.
-No lo sé -repuso-. Solía ser menos seria antes de embarazarme. 
-Y... ¿se supone que yo debo lamentar eso?
Ella se encogió de hombros y explicó:
-¿Por qué debías lamentarlo tú? te he dicho que no es culpa tuya.
-Claro que no, pero es lo que estás insinuando. Me haces aparecer... o nos haces aparecer a los dos como tontos con cosas como: "Ay, Jerry, olvidé colocarme el diafagma!" o bien: "¿Sabes? la última píldora a tomé hace tres días"... o ...
-¡Basta ya!
-¿Basta ahora? ¿No crees que es un poco tarde para eso? Ni tú ni yo somos tontos. Sobre todo tú, con tus calificaciones y tus grados universitarios. Un par de expertos es lo que éramos. Para nosotros no había abrazos amorosos insípidos. ¡Qué diablos! si recuerdo bien tus palabras exactas eran: "Oh, Jerry, te siento tan bien ¡Por favor no te detengas! ¡Por favor, Jerry, házmelo con fuerza, quiero sentirte dentro de mí! ¡Eres maravilloso!"
Samantha sacudió levemente la cabeza ante ese risible derroche de emoción de su compañero. La brecha entre ellos iba haciéndose cada vez mayor. Sus puntos de divergencia resultaban irreconciliables. La flexibilidad de ella chocaba con fuerza contra las ideas preconcebidas de él. Había llegado la hora de separarse. 
-Esa soy yo -se limitó a comentar- ... La octava maravilla del mundo...
Terminó de vestirse y recogió todas sus cosas.
-Es el peor momento para decírmelo -observó él-, cuando acabamos de hacer el amo. No es más que una forma de manipularme.
-Tú y yo no hicimos el amor... No fue más que un acto sexual.
-Llámalo como quieras. Siempre será lo mismo. ¿Pensabas sinceramente que el estar contigo iba a  hacerme cambiar de parecer?
-Yo no sabía cuál podría ser tu modo de pensar. Tal vez yo no hacía más que dejarme llevar por mi lujuria. Nos sucede a todas las chicas encintas. Primero tenemos las náuseas del embarazo y luego nos hartamos de sexo. 
-No tiene ninguna gracia. Tú esperaste a que termináramos por alguna razón.
Samantha se impacientó y, haciendo un gesto teatral, exclamó.
-¡Claro! el suspenso se vuelve intolerable... ¿cuál sería la razón?
-La misma de siempre: tú quieres que me case contigo.
Ella casi quiso reírse del humorismo de su conclusión, pero pudo dominarse y dejó que una sonrisa triste se le dibujara en los labios. ¡Qué poco entendía aquel hombre!
-No tienes idea de lo ridículo que eres. En muchos aspectos eres un niño arrogante y digno de lástima. Lo último que yo quiero hacer es casarme contigo. Nadie sería capaz de insinuarse entre tu persona y la imagen de rectitud que tienes de ella.
-Entonces, ¿por qué te tomas la molestia de decirme que estás preñada?
-¿Por qué? en fin, tal vez pensé que, como posible padre de esta criatura, querrías saber que existe...
La ira lo hizo ruborizarse.
-¿Qué rayos te hace pensar que estoy preparado para la paternidad? ni la de tu hijo ni la de ningún otro. Tendrán que pasar años para que yo esté listo para ser padre. Tal vez esa hora no llegue jamás...
Ella suavizó un poco su actitud.
-Mira, no es culpa de nadie. Simplemente, sucedió. Es una ecuación sencilla: un espermatozoide más un óvulo, igual a un bebé...
-¿Estás tratando de decirme que te propones conservar la cosa?
-No es una cosa, es un bebé. Mi bebé... y tuyo también. Pero creo que en esto voy a proceder sola. Nadie tendrá que saber jamás de quién es el bebé.
-No me interesan los secretos. Me interesan las carreras. Nuestra carrera. Sabes muy bien que me falta un año en la escuela de Medicina, y que a ti te faltan por lo menos dos para terminar tu doctorado. ¿Estás dispuesta a renunciar a todo eso?
-No estoy renunciando a nada. Las madres podemos enseñar y estudiar al mismo tiempo.
-Eso es pura charlatanería. En este momento crees que puedes hacerlo, pero espera a tener unas cuantas noches de insomnio debajo de la cintura... Espera a verte hundida hasta las rodillas en botellas vacías y pañales sucios...
-Nunca he dicho que es algo fácil.
-Sería más exacto afirmar que es imposible. ¿Quieres decirme qué se te ha metido en la cabeza? Tú no eres de las que quieren educar a un hijo sin padre... Vociferas tanto sobre los derechos de la mujer, que nunca creí que estuvieras en contra del aborto.
-No lo estoy. El aborto debe estar al alcance de las mujeres que lo deseen. Yo no lo deseo.
En medio de esa sensación de derrota, él se sintió intimidado y cruzó las piernas para ocultar los órganos genitales. Ella recogió su suéter y se encaminó a la puerta.
-Estás cometiendo un error, Sam.
-Deja que sea yo la que se preocupe por eso.
-¿Cómo vas a alimentar al hijo? ¿Con estampillas de beneficencia?
-Si no me queda otro remedio...
-¿Le has dicho a tus padres?
-No lo sabe nadie más que yo, tú y el doctor... y así seguirá oculto.
-Adios dinero de casa...
-Has de saber que no he tenido una pensión desde la edad de trece años. Después me dediqué a trabajar de niñera, de empleada en el supermercado o de cualquier cosa que podía encontrar. Hoy cuento con una beca como instructora... pero si necesito estampillas de beneficencia para sobrevivir, las conseguiré. Has hecho que e arrepienta de habértelo dicho, Jerry. Sabía que propondrías un aborto.
-Entonces, ¿para qué me lo dijiste?
-Tal vez pensé que todo hombre tiene derecho a saber cuándo va a ser padre. O quizá esta era una de esas veces en que simplemente quería compartir algo contigo.
-Es posible que tengas alguna otra intención oculta. Si te interesa un ingreso adicional podría organizarte una colecta.
A la chica se le llenaron los ojos de lágrimas.
-¡Vete a la mierda! -le gritó y le cerró la puerta de un golpe.

Continuará...


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