LOS NUEVOS GUIONES COMPLETOS DE TEATRO SE PUBLICARAN EN MI BLOG PERSONAL www.mujerimperfecta.com
Gracias a su apoyo ahora puedo dedicarme a cumplir mi sueño de convertirme en una escritora. Los espero en el nuevo blog.

El no nacido cap 3


La carretera 50 serpentea con lentitud rumbo al oeste, en su perezoso recorrido por entre los terrenos pantanoso que rodean la bahía de Chesapeake. Nace en Ocean Cuty, un lugar cuyas aguas atlánticas, todavía a principios de mayo, conservan el frío de invierno que acaba de terminar. Sin embargo, ahora estaban entibiándose gracias a una onda cálida que había durado una semana. Al principio, el camino se aleja de la ribera y avanza tierra adentro hacia Salisbury, para pasar luego, rumbo a Cambridge, por entre ciénagas de color café y gris. Más adelante, la cinta de asfalto de dos carriles hace un giro repentino hacia el norte, abriéndose paso entre las ensenadas de poco fondo y las marismas cubiertas de espuma, para ensancharse, varios kilómetros después, convirtiéndose en una autopista de cuatro carriles, con pavimento no ya de elástico alquitrán sino de sólido concreto. Después vira de nuevo hacia el oeste, por encima de la resplandeciente bahía de chesapeake, para dirigirse a Annapolis y luego a Washington, antes de acabar por asentarse sobre las suaves colinas ondulantes del estado de Virginia. La carretera 50 no es una ruta especialmente panorámica. El paisaje circundante suele ser llano o, en el mejor de los casos, apenas algo ondulado e interrumpido por pequeñas arboledas de pino seco. Su característica principal es su notable mediocridad.
Al adentrarse más en Virginia, las tonalidades café de las grandes extensiones cultivadas se transforman en los primeros matices del verde de una nueva vegetación. Arbustos de vivero, a veces formando largos surcos, se abren paso a través de la arenosa arcilla negra, para dejar ver sus enhiestos tallos que apuntan al firmamento, ricos en retoños que brotan al romperse su vaina protectora. Esta es regi´n tabacalera, y las chozas azotadas por las inclemencias del tiempo, junto con las aldeas artificiales de campesinos nómadas, jalonan las esquinas de los campos de cultivo. Las grnjas ceden el paso a las grandes propiedades y éstas a las plantaciones, que constituyen el toque distinguido de la aristocracia. Muy alejados del camino, los oasis verdes albergan establos donde se alojan animales de raza pura con sus potrillos de patas finas. Colinas ondulantes contrastan con las planicies de la bahía, y los frescos indicios de un verano tibio y lujuriante que se avecina empiezan a flotar ya en alas de una brisa placentera.

Jonathan Bryson condujo su auto a lo largo del último tramo de una de esas colinas, volviendo sobre sus pasos en aquel largo trayecto de carretera que había recorrido desde Nueva York, dos años antes. Disfrutó llenándose los pulmones con un aire saturado de vestigios efímeros de ilusiones que parecían humedecer la atmósfera matutina. La pendiente de la colina alcanzó su cresta y cedió el paso a un valle de enorme extensión. El panorama nunca perdía su virtud inspiradora para el ánimo de Bryson. A lo lejos iba irguiéndose imponente una enorme masa de vidrio y acero. Lucía como un ave fénix resplandeciente que surgiera de la nada, pero que atraía a sí todos los caminos. El eje central de los edificios irradiaba, como rueda gigantesca, una madeja de túneles que parecían invitar hacia la periferia del valle. El mundo entero convergía en Jubilee General.

El hospital Jubilee General era modelo de organización médica regional. Servía como término de comparación para los demás centros médicos. Su construcción se había iniciado en 1977 y todo el conjunto fue edificado con fondos federales. Situado entre Washington y Richmond, aquel hospital representaba e punto culminante de años de intensa investigación y planificación.

La organización regional de la medicina ocupaba un puesto muy elevado en la jerarquía de los valores del gobierno. Durante la década de 1970, el Departamento de Salud, educación y seguridad social había llegado a la conclusión de que una forma de poner freno a los gastos médicos, en aumento constante, era eliminar la costosa multiplicación innecesaria de servicios y equipo médico. La existencia de un gran número de hospitales locales, pequeños e idénticos, era un absurdo -pensó el Departamento-, cuando una atención médica, incluso mejor, podría obtenerse mediante un centro médico mayor, ubicado en un lugar adecuado. Ese centro debería incluir todas las camas de hospital, el equipo médico y los servicios a pacientes que hasta entonces habían estado en manos de los pequeños hospitales “provisionales”. En vez de diez unidades de maternidad dentro de un radio de ochenta kilómetros, se tendría una unidad provista de un número de camas diez veces mayor. El centro contaría con un solo analizador electrónico catabólico, en lugar de los seis existentes en los hospitales locales. En vez de cinco pequeños equipos para cardiocirugía, se dispondría de uno mayor y más completo. Esta era la esencia del concepto de una organización regional de la medicina.

Al eliminar los hospitales locales menores, se evitaría la costosa rivalidad entre ellos por la prestación de idénticos servicios. Como a todos los pacientes se les remitiría a una misma institución mayor, el desperdicio de recursos existentes resultaría imposible. En lugar del índice de ocupación de ochenta y cinco o noventa por ciento en los pequeños hospitales locales... índice que invariablemente significaba pérdida para la administración y que elevaba los costos para los pacientes, Jubilee General tenía en forma constante un índice de ocupación del cien por ciento.

La inversión de fonds federales demostró ser ingente. Los hospitales locales desencadenaron contra él una escaramuza breve, destinada al fracaso. Uno por uno, todos los hospitales menores tuvieron que ceder ante las proporciones enormes de Jubilee General. Esa reacción no fue sorpresa, pues el hospital no solo era la penúltima palabra en su línea, sino que además constituía una Meca académica, un universo de investigación, educación y desarrollo de la medicina. Incluía sus propias facultades médica y profesional, e incluso escuelas muy avanzadas para estudiantes regulares. Dentro de sus muros se encontraban los laboratorios médicos más adelantados y los mejores servicios en materia de análisis clínicos. Podía ofrecer cualquier calse de diagnóstico y muchos servicios experimentales. Además de suministrar atención a todos los pacientes del norte de Virginia, era un centro importante al que podían remitirse pacientes de todo el país. En cuanto a intención y realización efectiva, Jubilee General era la organización regional personificada. No era sólo un hospital, sino toda una ciudad autosuficiente.

La misma enormidad de la gran estructura del centro hacía sombra a los pabellones individuales, a los laboratorios o a laos departamentos de investigación particulares. Además de MEDIC, que era la computadora médica más perfeccionada que existía, el conjunto del Jubilee General incluía escuelas de medicina, odontología, farmacología y enfermería. En el hospital había 3 600 camas, 200 laboratorios de investigación, numerosos laboratorios cli´nicos y un piso tras otro, de gran precisión arquitectónica, para servicios adicionales a los pacientes.

Bryson, de treinta y siete años de edad, era el jefe del Laboratorio de Investigación sobre el Sueño. Había desempeñado ese cargo durante dos años, después de haber sido arrancado del arduo ejercicio de su profesión de neurólogo en Mnahattan.

Desde su primer día como director de los trabajos había contado con su presupuesto suficiente y con el personal necesario para que lo ayudara a poner la investigación en marcha. Se le asignó un presupuesto inicial de 20 000 dólares, una secretaria de tiempo completo, un socio investigador y acceso libre al hospital auxiliar y a los servicios de la universidad. También se le concedió tiempo libre en abundancia para supervisar a los residentes de la clínica neurológica dos veces por semana, para asitir a círculos de los pabellones y a los círculos médicos generales, lo mismo que a conferencias selectas. Lo único que tenía que hacer era dedicar su tiempo y el dinero del departamento a fines provechosos.

El departamento no tenía metas fijas que él tuviera que alcanzar. Sin embargo se esperaba que supiera utilizar los fondos iniciales como trampolín para obtener otros subsidios para investigación. Estos llegaban, por tradición, de las dependencias gubernamentales, del sector privado o de fondos de beneficiendia no lucrativos. Algunos intereses privados, como las compañías fabricantes de medicina, ofrecían la máxima ayuda monetaria.

Por necesidades de competencia, las compañías farmacéuticas estaban ansiosas por comercializar nuevos productos, pero el recorrido desde el invento hasta la oferta definitiva al consumidor exigía varios años, a veces décadas enteras. Solo después de amplios experimentos comprobados en animales, la administración de alimentos y medicinas estaba dispuesta a permitir la experimentación en seres humanos, y eso en circunstancias rigurosamente controladas y por lo común en un medio universitario. Siempre había en proceso de elaboración nuevos medicamentos destinados al sueño, ya sedantes ya hipnóticos. El objetivo era inventar la píldora somnífera ideal: la que indujera el sueño en minutos, mantuviera la somnolencia normal entre seis y ocho horas, que no tuviera los efectos posteriores de malestar clásico y que no corriera el riesgo de producir hábito o de prestarse al abuso o a la adicción. Entre las docenas de somníferos disponibles para los pacientes ninguno llenaba esos requisitos por completo. Todos tenían alguna falla, por un concepto o por otro. Era evidente que el primer fabricante que inventara la píldora somnífera ideal lograría utilidades, caídas del cielo, por valor de cientos de millones de dólares.

Los aspectos iniciales de la nueva investigación en materia de drogas (su fórmula, el nivel de su dosificación, su toxicología y la mayor parte de los estudios animales) los hacía la compañía farmacéutica. Después de obtener la aprobación de la administración de alimentos y medicinas, la última etapa antes de la comercialización, que eran los ensayos en seres humanos, quedaba en manos de investigadores imparciales y de reputación intachable, como el doctor Bryson, cuyas conclusiones tenían más probabilidades de ser aceptadas, que las de la compañía creadora del producto. Los administradores y jefes de departamento del Jubilee General no perdieron tiempo en establecer cuanto antes su propia sección de investigación sobre el sueño.


Para fines de la primavera, Bryson tenía ya bosquejados dos planes de trabajo y estudiaba otros que parecían promisorios. El primero era un estudio en animales, pagado por el Departamento de Salud, Educación y seguridad social, a través de los Institutos nacionales par ala salud. A la división de epidemiología del cáncer de esos institutos, la tenían ya muy preocupada los usuarios de mucho tiempo de un hipnótico a base de carbinol terciario, llamado Somnapar. El estudio se había encomendado al Laboratorio de Investigación sobre el sueño, pero Bryson compartía los subsidios con un doctorado del departamento de farmacología que, por ser el que controlaba el laboratorio animal, era también el que hacía la mayor parte del trabajo. 

10 monólogos para mujeres

Si necesitas monólogos para mujeres aquí te dejo esta selección, el último monólogo es un cuento, pero se puede adaptar perfectamente a un monólogo. Los otros textos los encuentras en la página de Celcit en este enlace

Te pongo el inicio de cada monólogo y si quieres leerlo completo visitas el enlace y descargas el pdf correspondiente.

10 monólogos para mujeres

La gran tirana

El no nacido capítulo 3

El no nacido es una historia de suspenso escrita por David Shobin, el libro es muy bueno, pero lamentablemente no está a la venta en español porque se editaron solo 25,000 ejemplares, aquí te comparto la historia.

Lee el primer capítulo aquí
Lee el segundo capítulo aquí

El no nacido capítulo 3

La carretera 50 serpentea con lentitud rumbo al oeste, en su perezoso recorrido por entre los terrenos pantanosos que rodean la bahía de Chesapeake. Nace en Ocean City, un lugar cuyas aguas atlántica, todavía a principios de mayo, conservan el frío de invierno que acaba de terminar. Sin embargo, ahora estaban entibiándose gracias a una onda cálida que había durado una semana. Al principio, el camino se aleja de la ribera y avanza tierra adentro hacia Salisbury, para pasar luego, rumbo a Cambridge, por entre ciénagas de color café y gris. Más adelante, la cinta de asfalto de dos carriles hace un giro repentino hacia el norte, abriéndose paso entre las ensenadas de poco fondo y las marismas cubiertas de espuma, para ensancharse, varios kilómetros después, convirtiéndose en una autopista de cuatro carriles, con pavimento no ya de elástico alquitrán sino de sólido concreto. Después vira de nuevo hacia el oeste, por encima de la resplandeciente bahía de Chesapeake, para dirigirse a Annapolis, y luego a Washington, antes de acabar por asentarse sobre las suaves colinas ondulantes del estado de Virginia. La carretera 50 no es una ruta especialmente panorámica. El paisaje circundante suele ser llano o, en el mejor de los casos, apenas algo ondulado e interrumpido por pequeñas arboledas de pino seco. Su característica principal es su notable mediocridad.

Al adentrarse más en Virginia, las tonalidades café de las grandes extensiones cultivadas se transforman en los primeros matices del verde de una nueva vegetación. Arbustos de vivero, a veces formando largos surcos, se abren paso a través de la arenosa arcilla negra, para dejar ver sus enhiestos tallos que apuntan al firmamento, ricos en retoños que brotan al romperse su vaina protectora. Esta es región tabacalera, y las chozas azotadas por las inclemencias del tiempo, junto con las aldeas artificiales de campesinos nómadas, jalonan las esquinas de los campos de cultivo. Las granjas ceden el paso a las grandes propiedades y éstas a las plantaciones, que constituyen el toque distinguido de l aristocracia. Muy alejados del camino, los oasis verdes albergan establos donde se alojan animales de raza pura con sus potrillos de patas finas. Colinas ondulantes contrastan con las planicies de la bahía, y los frescos indicios de un verano tibio y lujuriante que se avecina empiezan a flotar ya en alas de una brisa placentera. 

Jonathan Bryson condujo su auto a lo largo del último tramo de una de esas colinas, volviendo sobre sus pasos en aquel largo trayecto de carretera que había recorrido desde Nueva York, dos años antes. Disfrutó llenándose los pulmones con un aire saturado de vestigios efímeros de ilusiones que parecían humedecer la atmósfera matutina. La pendiente de la colina alcanzó su cresta y cedió el paso a un valle de enorme extensión. El panorama nunca perdía su virtud inspiradora para el ánimo de Bryson. A lo lejos iba irguiéndose imponente una enorme masa de vidrio y acero. Lucía como un ave fénix resplandeciente que surgiera de la nada, pero que atraía a sí todos los caminos. El eje central de los edificios irradiaba, como rueda gigantesca, una madeja de túneles que parecían invitar hacia la periferia del valle, El mundo entero convergía en Jubilee General. 

El hospital Jubilee General era modelo de organización médica regional. Servía como término de comparación para los demás centros médicos. Su construcción se había iniciado en 1977 y todo el conjunto fue edificado con fondos federales. Situado entre Washington y Richmond, aquel hospital representaba el punto culminante de años de intensa investigación y planificación. 

La organización regional de la medicina ocupaba un puesto muy elevado en la jerarquía de valores del gobierno. Durante la década de 1970, el Departamento de Salud, Educación y Seguridad Social había llegado a la conclusión de que una forma de poner freno a los gastos médicos, en aumento constante, era eliminar la costosa multiplicación innecesaria de servicios y equipo médico. La existencia de un gran número de hospitales locales, pequeños e idénticos, era un absurdo -pensó el Departamento-, cuando una atención médica, incluso mejor, podría obtenerse mediante un centro médico mayor, ubicado en un lugar adecuado. Ese centro debería incluir todas las camas de hospital, el equipo médico y los servicios a pacientes que hasta entonces habían estado en manos de los pequeños hospitales "provisionales". En vez de diez unidades de maternidad dentro de un radio de ochenta kilómetros, se tendría una unidad provista de un número de camas diez veces mayor. El centro contaría con un solo analizador electrónico catabólico, en lugar de los seis existentes en los hospitales locales. En vez de cinco pequeños equipos para cardiocirugía, se dispondría de uno mayor y más completo. Esta era la esencia del concepto de una organización regional de la medicina. 

Al eliminar los hospitales locales menores, se evitaría la costosa rivalidad entre ellos por la prestación de idénticos servicios. Como a todos los pacientes se les remitiría a una misma institución mayor, el desperdicio de recursos existentes resultaría imposible. En lugar del índice de ocupación de ochenta y cinco o noventa por ciento en los pequeños hospitales locales... índice que invariablemente significaba pérdida para la administración y elevaba los costos para los pacientes, Jubilee General tenía en forma constante un índice de ocupación del cien por ciento.

La inversión de fondos federales demostró ser ingente. Los hospitales locales desencadenaron contra él una escaramuza breve, destinada al fracaso. Uno por uno, todos los hospitales menores tuvieron que ceder ante las proporciones enormes del Jubilee General. Esa reacción no fue sorpresa, pues el hospital no solo era la penúltima palabra en su línea, sino además constituía una Meca académica, un universo de investigación, educación y desarrollo de la medicina. Incluía sus propias facultades médica y profesional, e incluso escuelas muy avanzadas para estudiantes regulares. Dentro de sus muros se encontraban los laboratorios médicos más adelantados y los mejores servicios en materia de análisis clínicos. Podía ofrecer cualquier clase de diagnóstico y muchos servicios experimentales. Además de suministrar atención a todos los pacientes del norte de Virginia, era un centro importante al que podían remitirse pacientes de todo el país. En cuanto a intención y realización efectiva, Jubilee General era la organización regional personificada. No era sólo un hospital, sino toda una ciudad autosuficiente. 

La misma enormidad de la gran estructura del centro hacía sombra a los pabellones individuales, a los laboratorios o a los departamentos de investigación particulares. Además de MEDIC, que era la computadora médica más perfeccionada que existía, el conjunDto del Jubilee General incluía escuelas de medicina, 3 600 camas, 200 laboratorios de investigación, numerosos laboratorios clínicos y un piso tras otro, de gran precisión arquitectónica, para servicios adicionales a los pacientes.

Bryson, de treinta y siete años de edad, era el jefe del Laboratorio de Investigación sobre el Sueño. Había desempeñado ese cargo durante dos años, después de haber sido arrancado del arduo ejercicio de su profesión de neurólogo en Manhattan.

Desde su primer día como director de los trabajos había contado con su presupuesto suficiente y con el personal necesario para que lo ayudara a poner la investigación en marcha. Se le asignó un presupuesto inicial de 20,000 dólares, una secretaria de tiempo completo, un socio investigador y acceso libre al hospital auxiliar y a los servicios de la universidad. También se le concedió tiempo libre en abundancia para supervisar a los residentes de la clínica neurológica dos veces por semana, para asitir a círculos de los pabellones y a los círculos médicos generales, lo mismo que a conferencias selectas. Lo único que tenía que hacer era dedicar su tiempo y el dinero del departamento a fines provechosos.

El departamento no tenía metas fijas que él tuviera que alcanzar. Sin embargo, se esperaba que supiera utilizar los fondos iniciales como trampolín para obtener otros subsidios para investigación. Estos llegaban, por tradición, de las dependencias gubernamentales, del sector privado o de fondos de beneficencia no lucrativos. Algunos intereses privados, como las compañías fabricantes de medicinas, ofrecían la máxima ayuda monetaria.

Por necesidades de competencia, las compañías farmacéuticas estaban ansiosas por comercializar nuevos productos, pero el recorrido desde el invento hasta la oferta definitiva al consumidor exigía varios años, a veces décadas enteras. Sólo después de amplios experimentos comprobados en animales, la Administración de Alimentos y Medicinas estaba dispuesta a permitir la experimentación en seres humanos, y eso en circunstancias rigurosamente controladas y por lo común en un medio universitario. Siempre había en proceso de elaboración nuevos medicamentos destinados al sueño, ya sedantes ya hipnóticos. El objetivo era inventar la píldora somnífera ideal: la que indujera el sueño en minutos, mantuviera la somnolencia  normal entre sis y ocho horas, que no tuviera los efectos posteriores de malestar clásico y que no corriera el riesgo de producir hábito o de prestarse al abuso o a la adicción. Entre las docenas de somníferos disponibles para los pacientes, ninguno llenaba esos requisitos por completo. Todos tenían alguna falla, por un concepto o por otro. Era evidente que el primer fabricante que inventara la píldora somnífera ideal lograría utilidades, caídas del cielo, por valor de cientos de millones de dólares.

Los aspectos iniciales de la nueva investigación en materia de drogas (su fórmula, el nivel de su dosificación, su toxicología y la mayor parte de los estudios animales) los hacía la compañía farmacéutica. Después de obtener la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicinas, la última etapa antes de la comercialización, que eran los ensayos en seres humanos, quedaba en manos de investigadores imparciales y de reputación intachable, como el doctor Bryson, cuyas conclusiones tenían más probabilidades de ser aceptadas, que las de la compañía creadora del producto. Los administradores y jefes de departamento dle Jubilee General no perdieron tiempo en establecer cuanto antes su propia sección de investigación sobre el sueño.

Para fines de la primavera, Bryson tenía ya bosquejados dos planes de trabajo y estudiaba otros que parecían promisorios. El primero era un estudio en animales, pagado por el Departamento de Salud, Educación y Seguridad Social, a través de los Institutos Nacionales para la salud. A la División de Epidemiología del Cáncer de esos Institutos, la tenían ya muy preocupada los numerosos informes de casos de cáncer uterino del ratón en usuarios de mucho tiempo de un hipnótico a base de carbinol terciario, llamado Somnapar. El estudio se había encomendado al Laboratorio de Investigación sobre el Sueño, pero Bryson compartía los subsidios con un doctorado del departamento de farmacología que, por ser el que controlaba el laboratorio animal, era también el que hacía la mayor parte del trabajo.

El segundo plan era el estudio directo de un nuevo derivado de la benzodiazepina. Las drogas de la familia de este compuesto químico, como por ejemplo el Valium, eran tranquilizadores o hipnóticos, según su fórmula química. El increíble éxito comercial del Valium condujo a otras compañías a una actividad frenética dirigida a aprovechar la gran popularidad de la benzodiazepina. A base de producir alteraciones en su fórmula química esperaban conservar las propiedades básicas de las benzodiasepinas, pero añadiéndole una nueva cualidad, exenta de peligro pero atractiva para los consumidores.

Los estudios sobre el sueño no eran más que eso: una observación cuidadosa de la conducta hipnótica de los voluntarios. La mayoría de ellos eran estudiantes de la universidad, pagados por hora según el tiempo que concedían al programa. Era un empleo muy solicitado. Había estudiantes que pagaban toda su carrera regular, a base de dormir en el laboratorio tres días a la semana. No existía más que una molestia: todo el sueño tenía que ser durante el día, en un reciento completamente iluminado, a prueba de ruido, y a los voluntarios se les conectaba un EEG, o electroencefalógrafo, que registraba sus ondas cerebrales para un análisis posterior.

Los electroencefalogramas de sueño eran bastante constantes. Las ondas cerebrales se dividían en cuatro grupos con nombres de la "alfa" a la "delta". Cada grupo tenía un patrón ondulatorio característico, determinado por la frecuencia y amplitud de las oscilaciones en una gráfica. Mientras las ondas alfa se relacionaban con el estado de vigilia, las delta aparecían en el sueño más profundo. Un quinto grupo estaba relacionado con la actividad REM (los rápidos movimientos de los ojos) del sueño.

Una década antes, los investigadores del sueño habían descubierto que una noche de sueño estaba dividida más o menos en intervalos de noventa minutos. Cada intervalo o ciclo hipnótico se iniciaba con un estado próximo a la vigilia y avanzaba a ritmo constante hacia un sueño profundo, antes de volver al estado de vigilia. A cada estadio del ciclo se le dedicaba cierto periodo de tiempo. Si el sujeto estaba cansado, al principio pasaba un lapso proporcionalmente más largo en estado hipnótico profundo, antes de volver a los demás estadios. Los intervalos entre los ciclos del sueño estaban dedicados a actividad onírica y al sueño de REM.

El sueño de REM era esencial para una buena noche de descanso. Por más largo que fuera el tiempo pasado en otros estadios de sueño, si se suprimía la actividad REM el sujeto siempre se sentía fatigado o irritable después de despertar. El electroencefalograma servía para diagramar la longitud de todos los estadios soporíferos y de actividad REM. Esto era de máxima importancia en la investigación de un nuevo hipnótico: su efectividad disminuía, tanto si abolía la actividad REM como si reducía la cantidad de tiempo pasado en estado de sueño profundo.

A los estudiantes se les aceptaba como voluntarios en la investigación, siempre que cumplieran con determinados requisitos. Tenían que estar exentos de toda historia clínica de un trastorno neurológico o de un tratamiento psiquiátrico. Las mujeres no podían estar encintas. Un insomnio previo era causa de exclusión. Tampoco podían participar si antes usaron en forma regular otros hipnóticos o si habían hecho uso frecuente de drogas, alcohol o sustancias alucinógenas. Además, su salud tenía que ser buena. Después de haber sido aceptados, su primera semana en el programa se destinaba a obtener registros encefalográficos de sueño básicos, sin droga alguna. Una vez establecido su patrón hipnótico y haberlo registrado, se les administraba el somnífero objeto de estudio.

Bruson disponía el examen siguiendo la técnica del "doble ciego": ni el sujeto estudiado, ni la persona que dirigía el estudio sabían cuándo se le administraba una píldora hipnótica y cuándo un simple placebo (píldora de azúcar sin efectos terapéuticos). Las píldoras se veían idénticas y se distribuían según una clave preestablecida. Solo después de haberse completado el estudio podía revelarse la clave y examinarse los resultados.

Lo mismo que todos los investigadores del hospital, Bryson remitía sus datos para que los analizara la computadora. Pero al principio del proceso del estudio sobre el sueño, él había añadido una nueva técnica. En lugar de enviar los resultados electroencefalográficos a la computadora, optó por canalizar las ondas cerebrales en línea directa hasta MEDIC. Apoyado en experiencias previas comprobadas, diseñó un programa de computación cuyo lenguaje reproducía cada una de las puntas del electroencefalograma. En esa forma, las ondas cerebrales, codificadas para la computación, estaban trascribiéndose a MEDIC continuamente, durante todo un ciclo hipnótico. La mañana siguiente, la computadora presentaba su análisis del patrón de sueño de la persona, destacando parámetros tales como la cantidad de tiempo dedicada a REM y al sueño profundo, el tiempo total de sueño y el efecto (si acaso lo había) del placebo o del hipnótico sobre la calidad del sueño. Hasta entonces, el análisis matutino demostró su utilidad en cuanto a ahorrar tiempo y a ser un esfuerzo benéfico. Bryson no tuvo motivo para sospechar que su ingenio pudiera haber creado algún problema, sino varios meses después aquella mañana de fines de mayo, cuando recibió una llamada de Pattner desde el centro de computación.
-Doctor Bryson, no sabemos con certeza qué está sucediendo en su laboratorio, pero sus datos han puesto a soñar a la computadora.
-¿A soñar?
-Bueno... no precisamente. "Soñar despierta" sería una palabra más adecuada. Sospechamos que siempre que usted pasa un estudio de sueño, el cerebro de MEDIC se muestra algo incómodo, errático.
-¿Qué ha estado bebiendo usted, señor Pattner?
-¡Ojalá fuera eso, doc!
-Da la casualidad de que yo sé algo sobre computadoras y estoy seguro de que su cerebro no puede andar errático. ¿Quién sugirió eso?
-Fue Freud.
-¿Tal vez usted ha estado fumando algunos de esos pequeños cigarrillos graciosos?

Pattner se sintió exasperado al darse cuenta de lo absurdo que su hipótesis debía sonar.

-Doc, esto es muy complicado, créamelo. Necesitaría mucho tiempo para explicárselo. La razón por la que lo llamo ahora es para decirle que su programa de computación está enloqueciendo a MEDIC.
.¿Qué cree que debo hacer? ¿Cambiar mi estudio?
-Nada de eso. No altera nada importante. Pero es necesario que sepa que cuando MEDIC actúa en forma ilógica, es posible que usted obtenga resultados ilógicos en su análisis de datos. Tal vez debería interpretarlos con cautela.
-Hasta ahora todos los análisis me parecen bastante coherentes.
-Muy bien. Yo solo quise que estuviera enterado.
-Le agradezco la atención y ... Pattner...
-¡Dígame, doc!
- Mis mejores saludos a Freud.
Bryson depositó el auricular con una ligera sensación de molestia.

Continua...