Teatro Hombres en escabeche

        En esta entrega de guiones, les presento HOMBRES EN ESCABECHE de Ana Istarú, es una obra que trata de una mujer y su relación con los hombres:  su papá, que le enseña que los niños son mejores que las niñas, su amigo, su primer amante y el marido, que está esperando y no llega. 

        En la obra sólo intervienen dos actores: un hombre y una mujer, que se encargan de hacer los nueve personajes que intervienen en la historia.

               Es una comedia, está divertida aunque no creo que hoy en día se siga pensando lo mismo respecto a las relaciones, quiero pensar que las mujeres ya no tenemos los complejos que se señalan en la obra.



      Prácticamente carece de escenografía por lo que es muy fácil de montar.


Obra de teatro para dos personajes

Hombres en escabeche



Te dejo el comienzo de la obra para que te animes a leerla toda. 

En el escenario se aprecian un pequeño sofá y un par de sillas o las que se
consideren necesarias. Entra de prisa la Actriz por entre el público, vestida de
novia, esplendorosa y agitada, poniéndose un zapato sobre la marcha. Lleva
preferiblemente una corona de flores en vez de velo. Se sienta en el sofá y
recompone su tocado, hasta lucir perfecta. Luego de una breve pausa se dirige a
los espectadores.
NOVIA: Estoy esperando a un hombre. (Pausa) Puede aparecer alguno en
cualquier momento. Hay que estar preparada. (Pausa) Nunca he tenido uno que
pueda llamar propiamente mío, para mí y bueno... Ustedes saben. Los he visto,
eso sí, desde niña. Tienen la espalda más ancha, en forma de espátula, el pecho
plano, y algunos están asombrosamente cubiertos de pelos. Por todas partes. Más
pelos que un felpudo. Pero no me molesta, está bien. Tuve osos de peluche:
estoy acostumbrada. (Pausa) De hecho siempre quise tener uno, desde pequeña.
Un hombre, no un oso. Tenía, eso sí, un hermano, menor que yo, pero no es lo
mismo para nada. Para empezar no era mío, era de mamá. Y no me gustaba
mucho: comía con la boca abierta, como el caballo de Alejandro Magno,
cogiendo el pollo con las dos manos, así. (Hace el gesto) El mantel se
transformaba en un mapa del Mar Egeo. Huellas dactilares por todos lados.
Aquello no era un almuerzo, era un despacho del OIJ. Además escupía, mataba
pájaros, eructaba. Con semejante ejemplo, casi me sorprende que me gusten los
hombres. Por suerte que cuando crecen cambian diametralmente y nunca más
hacen semejantes porquerías, ¿no es cierto? Así que quiero uno. (Preocupada).
¿Estoy bien? No tengo un espejito a mano y me siento insegura. También estaba
papá. Que tampoco era mío. Ni siquiera era de mamá. La cosa triste (ahora
puedo decirlo sin que me afecte) (Se nota que la afecta) es que creo que nunca
le gusté a papá. El nunca me encontró bonita. Ni siquiera me encontró fea. De
hecho, nunca me encontró: yo era invisible para él. Transparente. Como la
gelatina dietética, que nadie la prueba por insulsa. Insulsa Pocacosa, así debió
llamarme.
Y no entiendo por qué: hice todo lo que me ordenaron. Las cosas más espantosas:
poner la mesa, quitar la mesa, lavar los platos, secar los platos, guardar los
platos, poner la mesa. Sentarme con las piernas cerradas. No rascarme en
público, no estirarme en público, no bostezar en público. No hablar en público.
Sentarme con las piernas cerradas. Saqué los codos de la mesa, pedí permiso
para retirarme, permiso para quedarme, permiso para pedir permiso. Me senté
con las piernas cerradas.
Mi hermano no. Mientras yo barrí el equivalente al territorio de la Patagonia, él
jugaba fútbol. Obviamente había algo que nos diferenciaba y me propuse
descubrirlo. Luego de mucho espiarlo lo seguí al baño y ahí lo comprendí todo: él
orinaba de pie, igual que papá. ¡Qué alivio! Si era sólo eso yo estaba dispuesta a
hacer un rápido aprendizaje de la materia. Me enfrenté al inodoro con una gran
fe en mí misma, separé un poco las piernas y me dispuse a lanzar con distinción y
donaire un radiante chorro. Aquel fracaso marcó mi vida. El baño parecía un 3
jacuzzi y yo una sobreviviente del Titanic. Comprendí dos cosas: por qué debía
sentarme, con las piernas cerradas, y por qué papá sí quería a mi hermano:
tenía mejor puntería.
Decidí imitarlo. No en sus hábitos mingitorios, por supuesto. Pero aprendí a jugar
fútbol, a torturar lagartijas, a decir palabrotas. En clase de costura no me salía
el punto en cruz, y un buen hijueputazo. Se me olvidaba el “Yo, pecador” en el
catecismo y un ¡a la mierda! bien dado. ¿Perdón? (Se tapa los ojos con la mano, a
fin de evitar la luz de los reflectores y comprender lo que le dicen de la cabina
de luces) ¿Cómo? (Pausa) Está bien, lo siento. Lo lamento mucho, parece que no
se permiten malas palabras en este teatro. Como en la clase de catecismo. Sólo
que aquí no tengo que confesarme con el luminotécnico.
En fin, cuando ya distinguía sin dificultad alguna entre un Ferrari y un escarabajo
Volkswagen, me presenté ante papá segura de mi triunfo, con la cara sucia, las
rodillas rotas y escupiendo con un estilo inigualable hacia el costado. (Aparece el
Actor, en traje formal, con corbatín, vestido como un novio el día de la
ceremonia. Encarna al Padre. Está concentrado en afinar una guitarra. Tararea.
Le da la espalda a la Actriz, a la que nunca mirará ni prestará atención).
NIÑA: (Escupe) Papi, ¿qué? ¿Te apuntás a una mejenga?
PADRE: Ay, muñequita. Estoy ocupado.
NIÑA: ¡N’hombre, papi! Qué varas.
PADRE: Las niñas no juegan fútbol, Beatriz.
NIÑA: (Pausa) Yo sí.
PADRE: No, vos no. Sólo las marimachos.
NIÑA: ¿No te gustan las marimachos?
PADRE: (Divertido) ¡Qué idea!
NIÑA: ¡Papá, no quiero hacerlo sentada!
PADRE: ¿Qué cosa? ¿Jugar fútbol?
NIÑA: ¡Enseñame a hacerlo de pie, como vos!
PADRE: ¿Por qué no vas donde tu mamá?
NIÑA: (Sorprendida) ¿Mamá sabe?4
PADRE: Las niñas deben aprender a ser muy femeninas, muñeca.
NIÑA: Está bien, papá. ¿Papá?
PADRE: Andá con tu mamá, Beatriz. (Sale)
NIÑA: Me llamo Alicia.
ALICIA: Obviamente no era así como iba a atraer su atención. ¿Papá quería una
mujercita? Le daría una mujercita.
Me dediqué a crecer. Durante el día pasaba horas enteras creciendo sin
descanso, como un pan de levadura. Luego de un furibundo esfuerzo: ¡paf!, dos,
cuatro, siete centímetros más. Otro esfuerzo, concentrada en Ava Gardner. Ahí
vienen, ahí vienen, un suculento par de pechos: ¡paf! Bueno... Dos galleticas de
maicena. Ni siquiera la excusa para un sostén. Pero no importaba. Seguía
creciendo tenazmente. De pronto: cintura, piernas largas, caderas. ¿Pelos bajo
los brazos? ¡Qué horror! Yo no contaba con eso. ¿En qué estaba pensando? ¿En
Sean Connery? Y no sólo bajo los brazos.
Allá abajo, en el limbo del cuerpo, justo donde se bifurca en las dos
extremidades inferiores. Aquello era notable y me obligó a reflexionar de nuevo
sobre ese sitio del que nunca nadie, ¡nunca!, había hecho un comentario o
externado una opinión. De hecho era la porción de mi ser que más
preocupaciones me había causado.
Recuerdo que cuando era muy niña tenía apenas una vaga idea de cómo estaba
conformada. Sabía que tenía un huequito para hacer pipí, otro para hacer pupú,
y otro que no servía para absolutamente nada. Cuál no fue mi sorpresa cuando
Andrés, mi hermano, mejor informado que yo, me explicó con lujo de detalles su
función. (Aparece el Actor)
ANDRES: Eso sirve para que entren y salgan los bebés.
ALICIA: (Aterrada) ¿Para que entren? ¿Para que salgan?
ANDRES: Me lo dijo Mauricio y su papá es doctor, así que él lo sabe todo. Los
papás meten al bebé que es chiquitico, chiquitico, chiquitico, más chiquitico que
el dedo pequeño de una hormiga, y luego se engorda, se engorda y se engorda,
hasta que no cabe más y se sale, y hay que agarrarlo porque si no se cae, y los
niños pequeños no pueden caerse porque les da meningitis, y por eso el doctor lo
está esperando con un maletín especial que ellos tienen, y que Mauricio me
enseñó solamente a mí, porque su papá tiene uno y es doctor, y Mauricio lo sabe
todo.

Para seguir leyendo el texto completo, descarga la obra aquí


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