NO PUEDO USAR EL MESSENGER

Un pequeño cuento de terror para adolescentes que se puede hacer en teatro con algunas adaptaciones.

NO PUEDO USAR EL MESSENGER

            Conocí a Lisa hace tres años, me gustó su foto de perfil. Sonreía y se le hacían unos hoyuelos en las mejillas. Era una niña muy bonita, con el cabello rizado y ojos grandes. Le envíe una solicitud y me aceptó como su amigo.
            Chateamos por el face varias veces, después nos vimos por el Messenger.
Ella tenía 13 años, yo casi 14.
            Hablábamos de todo, platicaba más con ella que con mi familia. Le gustaban los mismos libros que a mí, veíamos las mismas películas. Aunque sólo la veía por la cámara, una o dos veces al mes, me parecía una amiga más cercana que cualquiera de las niñas que iban conmigo a la escuela.
            Cuando escuchaba su risa se iluminaba mi mundo.       Quisiera recordar ese sonido de campanitas que hacía al reír, algunas noches intento concentrarme para traer su risa de vuelta; pero en mi mente, el único sonido que aparece es el grito desgarrador, de miedo y dolor, que dio antes de morir.
            Hoy se cumplen dos años de su muerte, por eso me notaste tan distante, solo puedo pensar en ella.
            Ese día teníamos una cita, por el Messenger como siempre, llegamos puntuales, ella se veía muy linda, con su cabello suelto y su vestido de tirantes, yo… bueno, yo no soy muy guapo, por más que me arregle la cara de nerd no se me quita.
            Se quedó sola en su casa, la familia se fue al cine y ella prefirió estar conmigo:
-La película la puedo ver otro día –dijo- verte a ti es más difícil, con eso de que los horarios son tan distintos.
-Me gustaría vivir en tu ciudad –comenté- podríamos salir juntos.

Su risa fue espontánea –mi papá no me deja salir con muchachos, dice que todavía estoy muy chica –dijo haciendo una mueca de burla.

-Ya que crezcas voy a ir por ti –le dije. Cuando hablaba con ella me sentía un galán, era audaz y atrevido. A las niñas de mi colegio no les podía decir ni una palabra, pero con ella...

Pensé que le iba a gustar mi comentario pero, en lugar de responderme, se paró de la silla y corrió. Por la cámara solo podía ver su silla vacía, una puerta detrás (que daba a su recámara) y un poco de las escaleras que, según me dijo, llevaban al comedor.

Regresó agitada e inquieta.

-Perdona –su voz estaba alterada- escuché un sonido extraño, pensé que alguien se había metido a la casa. En la colonia ya van tres casas que roban, a una vecina hasta la amarraron en la cama mientras se llevaban todo. Pero parece que no fue nada.

-¿Segura que todo está bien?

-Sí, segura. ¿En que estábamos? –me dijo tratando de hacer una sonrisa coqueta que se convirtió en una mueca de miedo.
Giró su silla y se quedó viendo a la puerta de su cuarto.
-¿Pasa algo?
-Te juro que sentí que una persona pasaba atrás de mí y se metía a mi cuarto.
-Bueno, yo no vi nada.
-Yo tampoco, no te dije que vi algo, dije que sentí algo.
-Estás nerviosa, por el ruido que escuchaste. ¿Por qué no le llamas a tus papás o a la policía?
-Cómo se nota que no eres de México. A la policía no le puedo hablar, no sirve para nada. Y mis papás están en el cine con el celular apagado. Además no les voy a decir que vengan porque tengo miedo por un ruido raro. Háblame de algo bonito para que se me olvide.

Un sonido agudo taladró mi cerebro, me tape los oídos y le grité:
-¡Bájale a eso!
-¿A qué?
-No sé, pero suena muy fuerte, apágale por favor.
-Yo no puse nada. No oigo nada.

De pronto el ruido cesó. Debí de darme cuenta que pasaba algo, ese sonido venía de su casa y ella no podía escucharlo. He leído que las frecuencias que emiten seres de otras dimensiones pueden captarse con cámaras y micrófonos. Pero me estoy adelantando, en ese momento creí que era una broma cruel.

-¿Quieres reventarme los oídos? –Dije un poco enojado- Mejor dime que ya no quieres hablar conmigo.
-¿Por qué me dices eso?

No le pude contestar. Algo la jaló del cabello con tanta fuerza que su cara se estiró quedando irreconocible, ella trataba de librarse pero sus manos solo agarraban su cabello, parecía que no había nada sujetándola y sin embargo yo podía ver su cabello levantado, como si una mano lo sostuviera.

La fuerza extraña la levantó como si fuera una insignificante muñeca de trapo, en mi pantalla solo se veían sus pies, sin zapatos, moviéndose como un péndulo, como los últimos movimientos que hacen los ahorcados en las películas. Yo no podía despegarme de la pantalla, tampoco podía ayudarla. No grité, me quede mudo viendo los pies de mi amiga. Una línea de sangre recorrió su pie hasta llegar a sus dedos, vi la sangre que caía y, de pronto, la cara de Lisa llenó la pantalla.

Sus labios se movieron, pero no hicieron ningún sonido. Me veía con una mirada perdida, la piel de su cara se abría sola, como si un cuchillo invisible la cortara sin parar. Pronto su cara quedó irreconocible, sangre y piel mezclados, pedazos de carne colgando.

Y sus ojos mirándome fijamente.

Quedó inmóvil por un gran rato. Pensé que estaba muerta. No se escuchaba nada.

Después de unos minutos en los que permanecí inmóvil, porque mi cuerpo no me respondía, extendí la mano para cerrar la computadora. El grito salió de las bocinas, amplificado, te juro que escuché el grito antes de que ella abriera la boca, era un grito que salía del fondo de sus entrañas, era un grito de terror, de angustia, de soledad, de comprensión, de dolor.

El grito siguió sonando aunque el cuerpo de mi amiga yacía, flácido y sin vida, en su silla, ahora yo veía su cuello, rojo, la cara colgaba hacia atrás, sus brazos caían a los costados, la sangre, y restos de sus cabellos, cubrían su cuerpo.

Comprenderás que, desde ese día, no puedo usar el Messenger.

                                                                                                                    Fin


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